The frog architect: building a future for the forgotten wild
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The frog architect: building a future for the forgotten wild
Por Alexis Tame
Salvador Sánchez nació en la ciudad, pero siempre tuvo el corazón en la selva. Lo que empezó como una fascinación por las ranas más coloridas del planeta se convirtió en una misión de vida: protegerlas, entenderlas y mostrarlas al mundo. Hoy, a través de su proyecto ‘Dardo y Corazón de Selva’, cruza fronteras entre la ciencia, el arte, la educación ambiental y el diseño. Desde recrear hábitats con precisión milimétrica hasta inspirar colecciones de moda con patrones naturales, su trabajo es una invitación a mirar más de cerca aquello que normalmente pasa por alto. Su visión es clara: si logramos ver belleza en lo pequeño, en lo frágil y en lo desconocido, entonces quizás también aprendamos a cuidarlo.
L’BEAUTÉ: Platícame un poquito más sobre ti y cómo empezaste todo este proyecto de Dardo y Corazón de Selva.
DARDO Y CORAZÓN DE SELVA: Desde niño, sentí una conexión profunda con la naturaleza, a pesar de haber crecido en plena Ciudad de México. Mientras otros se interesaban por mascotas comunes, yo me fascinaba por reptiles, anfibios y peces exóticos. Mi primer gran flechazo llegó al ver, en un viaje a Costa Rica, a las ranas venenosas que había admirado en libros de biología: pequeñas criaturas con colores tan intensos que parecían irreales.
Esa fascinación se convirtió en una obsesión constructiva. Criaba todo tipo de animales en mi casa incluso un cocodrilo llamado Tyson y dediqué años a aprender de forma autodidacta sobre botánica, química, física y sistemas naturales, con tal de recrear los hábitats de las ranas lo más fielmente posible.
Pero fue hasta una expedición a la selva, ya con biólogos, cuando mi visión cambió por completo. Entendí la complejidad y fragilidad de los ecosistemas, y asumir una nueva responsabilidad: no solo criar ranas, sino protegerlas, estudiarlas y visibilizarlas. Así nació Dardo y Corazón de Selva, un proyecto que hoy reúne conservación, ciencia y divulgación para hablar de biodiversidad desde el asombro, la empatía y la acción.


Tú que has estado en contacto con tantos animales desde chico, y que creciste rodeado de naturaleza, ¿qué fue lo que te inspiró específicamente a dedicarte a las ranas y no a otra especie?
Estudié arquitectura, y aunque muchos me preguntan por qué no elegí biología, creo que todo pasó como debía. Crecí en un entorno donde las profesiones creativas o científicas no eran una opción común, pero la arquitectura me dio herramientas que hoy uso para traducir la ciencia al público general.
Mi amor por las ranas vino de siempre: mientras otros niños hablaban de fútbol, yo hablaba de anfibios exóticos. Durante años lo viví como algo raro, hasta que entendí que era justo eso lo que me hacía diferente. Me di cuenta de que nadie estaba dándole visibilidad a estas especies, y pensé: “Si no lo hago yo, ¿entonces quién?”. Ahí encontré mi nicho —una mezcla entre vocación, pasión y responsabilidad.
Y ahora que estás tan metido en este mundo, ¿cómo ves que están siendo amenazadas en su hábitat natural? ¿Y qué haces tú para conservar estas especies?
Las ranas venenosas enfrentan cinco grandes amenazas, pero la más urgente es la pérdida de hábitat. Son especies hiper especializadas: un pequeño cambio geográfico cruzar un río o subir una montaña puede significar una variación completamente distinta. Eso las vuelve extremadamente vulnerables a la deforestación o fragmentación del terreno.
También están en riesgo por la contaminación. Cómo absorben todo por la piel ni siquiera beben agua, cualquier químico en el ambiente puede ser letal. Son tan sensibles que actúan como un termómetro ecológico: si ellas empiezan a desaparecer, es señal de que todo el ecosistema está en peligro.
¿Y qué papel juega el cautiverio en todo esto?
Hay dos caras de la moneda. Por un lado, el tráfico ilegal y el maltrato animal, que obviamente son un problema. Pero por otro, el cautiverio ético y regulado ha sido fundamental para conservar muchas especies.
Por ejemplo, en el mundo del acuarismo —peces de agua dulce o salada— se ha desarrollado muchísima tecnología para mantenerlos correctamente. Esa misma tecnología está ayudando hoy a salvar especies.
Muchas especies se han logrado reproducir y conservar solo gracias al conocimiento que se ha generado en cautiverio. Eso permite desarrollar poblaciones viables, estudiar su genética y en un futuro hacer reinserciones en su hábitat natural.
¿Y qué otras amenazas existen?
Además de la pérdida de hábitat, una de las amenazas más devastadoras para las ranas es el hongo quítrido. Aunque es natural, ha mutado por el cambio climático y hoy puede arrasar con poblaciones enteras en cuestión de días. Algunas especies ya han perdido más del 70% de sus individuos, y el hongo sigue expandiéndose, silencioso, a la espera de las condiciones ideales para activarse.
Pero quizá la amenaza más subestimada es la desinformación. La mayoría de las personas no conocen ni el 1% de la biodiversidad que existe. Si no entienden a una especie —si les parece “fea” o les da asco—, simplemente la ignoran. Y lo que no se conoce, no se protege.
Ahí entra la importancia de visibilizarlas. Las ranas son clave en el equilibrio de los ecosistemas: son depredadoras y presas al mismo tiempo, controlan plagas, conectan el agua con la tierra y son indicadores de la salud ambiental. Además, su historia evolutiva es también la nuestra: fueron los primeros vertebrados en salir del agua… y gracias a ellas, estamos aquí.
¿Cuál dirías que es el papel de la educación ambiental en todo esto? ¿Qué tan importante es que la gente conozca a las ranas para poder conservarlas?
La educación ambiental es esencial, sobre todo en comunidades que viven cerca del hábitat de estas especies. Si entienden su valor, pueden convertirse en sus principales protectores. Trabajo con ranas venenosas como la Phyllobates terribilis, el animal terrestre más tóxico del mundo, que por generaciones fue parte de la cultura de los Embera en Colombia.
Mi objetivo es generar empatía: que incluso alguien lejos de la selva pueda conectar con estos animales. Porque lo que se conoce, se protege. Irónicamente, muchas especies del Chocó sobrevivieron gracias al conflicto armado, que mantuvo la zona aislada y los ecosistemas intactos. Ahora, por fin, podemos estudiarlas.


¿Y cómo nombras a una especie cuando la descubres?
Antes se les ponía el nombre del científico con un sufijo en latín, pero eso es un enfoque muy egocéntrico. Ahora se busca que tengan nombres que hagan sentir a la comunidad parte del descubrimiento. Por ejemplo, yo descubrí una rana en 2019, pero no pude describirla porque vino la pandemia y se cayó el fondo económico.
Finalmente la describió una fundación financiada por Jeff Bezos, y ahora se llama Phyllobates bezosi.
¿Qué significan para ti las ranas? ¿Qué te ha enseñado trabajar con ellas?
Me han enseñado empatía, sin duda. Me hacen ver que no somos superiores, que compartimos este planeta con muchísimas especies igual de valiosas.
La evolución es un tema fascinante, me tomó un año escribir ese capítulo en mi libro.
Y sí, creo que todas las especies merecen respeto. El ser humano tiene que entender que no es el centro del mundo.
¿Cómo ha cambiado tu percepción de la vida desde que empezaste a trabajar en conservación y a tener en tus manos una especie tan frágil?
Me ha cambiado mucho el chip, sobre todo en temas como el consumismo. Me di cuenta del impacto que tiene todo lo que hacemos, y eso me llevó a tratar de vivir de una manera más simple. Durante dos años fui vegetariano, por ejemplo, pero luego entendí que no se trata de extremos, sino de reducir nuestros consumos absurdos y vivir en armonía con la naturaleza. Eso sí, también reconozco que el verdadero cambio depende de políticas públicas, no solo de acciones individuales. Pero trato de vivir acorde a mis principios, que en gran parte he construido a través de este trabajo.
¿Cuál ha sido uno de los momentos más emocionantes o significativos de tu carrera?
Para mí, poder seguir haciendo esto es ya un logro enorme. Es difícil mantenerse, encontrar un nicho, llamar la atención y además ir contra lo que la sociedad espera de ti. Me costó mucho, especialmente al principio. El hecho de haber seguido mi sueño, pese a obstáculos económicos, sociales y personales, para mí es de lo más importante.
Y concretamente, uno de los mayores logros fue haber descubierto una nueva especie en 2019. Fue increíble, porque yo pensaba que ya no quedaba nada por descubrir. Y de repente, ahí estaba, una especie completamente nueva. Me hizo sentir como un explorador de los 70.
¿Cómo te diste cuenta de que era una especie nueva?
Porque conocía lo que ya existía. He trabajado mucho con clasificación y publiqué un libro con el primer compendio de especies de esta familia de ranas. Entonces, cuando me encontré con esta rana, supe que pertenecía a cierto género, pero no había ninguna especie registrada con ese patrón y color. Luego se hizo la secuenciación genética y se confirmó. Fue muy emocionante.
Además de este hallazgo, también has logrado conectar tu trabajo con otros mundos, como la moda. Cuéntanos un poco de eso.
Totalmente. Me pasó que empecé a ver patrones y colores en las ranas que jamás imaginé. Y fue como ¡wow!, ¿por qué seguimos viendo solo el print de leopardo, cebra y víbora en la moda, cuando hay cientos de patrones en la naturaleza que nadie ha explorado? Entonces comencé a trabajar en un segundo libro, enfocado en eso: los colores y patrones de estas ranas como fuente de inspiración para diseño de modas, diseño gráfico, textiles, todo. Incluso estoy planeando cosas como fundas de celular, pañuelos, leggings… de todo.
¡Me encanta esa mezcla de ciencia y creatividad! También mencionaste que hubo un momento en que te sentiste identificado con estas ranas, ¿puedes contarnos más?
Fue un proceso muy personal. Estas ranas, a diferencia de la mayoría de los anfibios, son diurnas y coloridas. En lugar de esconderse, usan sus colores para decir: “No me toques”. Me identifiqué con eso: crecí en un entorno tradicional, pero decidí seguir un camino diferente, más auténtico. Incluso fue parte del proceso en el que descubrí y acepté mi orientación sexual.
Además, estas ranas son tesoros bioquímicos. Cada género produce neurotoxinas únicas, con un potencial medicinal enorme. Una de ellas, por ejemplo, genera una sustancia 250 veces más potente que la morfina, pero sin efectos secundarios. Y apenas estamos comenzando a entenderlas… muchas ya se están extinguiendo sin que logremos descubrir todo lo que podrían aportar.
Por eso mi trabajo no solo es científico, también es creativo, humano. Quiero protegerlas y contar su historia desde muchos lenguajes: arte, moda, diseño y empatía.










